Las dos carteras que más se citan cuando alguien quiere algo sencillo y estable reparten el dinero de forma muy distinta. Una pone sesenta por ciento en bolsa y cuarenta en renta fija. La otra parte el capital en cuatro trozos iguales y mete uno en oro.
La discusión entre ambas suele resolverse enseñando el gráfico de un periodo elegido, que es la manera más rápida de no decir nada. Cualquiera de las dos gana si se escoge bien la ventana, la divisa y el índice de referencia.
Lo que sigue las compara por otro camino: qué pata trabaja en cada tipo de episodio, cómo se mide de verdad la peor racha, qué cuesta montar cada una desde España y qué pasa con los impuestos al reajustarlas. No hay aquí ninguna recomendación de comprar ni de vender, ni previsión de rentabilidad de ningún activo.
Lo que separa a las dos
- La apuesta implícita. El 60/40 asume que la renta fija sube cuando la bolsa cae. La cartera permanente no asume nada: cubre cuatro escenarios a la vez.
- El punto ciego del 60/40. Un choque de inflación con subida de tipos hace caer las dos patas al mismo tiempo.
- El coste de la cobertura. Tres cuartas partes de la cartera permanente están fuera del motor de crecimiento a largo plazo. Eso es composición, no previsión.
- Impuestos. El oro se instrumenta casi siempre con productos que no admiten traspaso, así que reajustar tributa.
- Divisa. Para un inversor en euros, el oro y buena parte de la bolsa global vienen con riesgo de tipo de cambio incorporado.
Dos formas de repartir el mismo dinero
El 60/40 nació como regla de reparto para carteras institucionales y se popularizó porque es fácil de explicar y de mantener. La parte de bolsa aporta el crecimiento; la de renta fija amortigua las caídas y genera un flujo de intereses.
La cartera permanente parte de una premisa distinta: nadie sabe en qué escenario económico entraremos, así que en lugar de apostar por uno se cubren cuatro. Crecimiento, recesión, inflación y contracción monetaria, con un activo asignado a cada uno y el mismo peso para todos.
La diferencia de fondo no está en los porcentajes. Está en lo que cada diseño da por supuesto. Una asume una relación estable entre bolsa y bonos; la otra renuncia a suponer nada y paga por esa renuncia con una exposición menor a la renta variable, que es el componente que sostiene una estrategia indexada de largo plazo.
Elegir entre ambas es, por tanto, elegir qué error prefieres cometer: quedarte corto en las subidas o quedarte expuesto en un episodio que tu cartera no había previsto.
Cartera permanente o 60/40: qué mide cada regla
Un reparto de activos no es una predicción, es una declaración sobre qué riesgos estás dispuesto a soportar. Y cada uno de estos dos declara cosas distintas.
El 60/40 declara que el riesgo principal es el de la bolsa y que la renta fija sirve de contrapeso. Esa relación no es una ley física: depende de que las caídas de bolsa vengan acompañadas de bajadas de tipos, lo que ocurre en las recesiones con precios contenidos, pero no en los episodios inflacionistas.
La cartera permanente declara que el riesgo principal es equivocarse de escenario. Por eso reparte a partes iguales y rebalancea cuando cualquiera de las cuatro se sale de una banda amplia. Su lógica no es maximizar nada: es no depender de un único desenlace.
Traducido a la práctica, la primera se juzga por su comportamiento en recesiones y la segunda por su comportamiento en el conjunto de episodios raros. Compararlas con la misma vara exige mirar las dos cosas, y no solo el resultado acumulado de un periodo cómodo.
Las cuatro cajas del reparto a partes iguales
La construcción es literal: una cuarta parte en bolsa, una cuarta en deuda pública de largo plazo, una cuarta en oro y una cuarta en liquidez o deuda pública a muy corto plazo.
| Escenario | Qué ocurre | Pata que trabaja | Pata que sufre |
|---|---|---|---|
| Crecimiento | Actividad y beneficios en expansión | Bolsa | Oro y liquidez |
| Recesión con precios contenidos | Caída de actividad y de tipos | Deuda de largo plazo | Bolsa |
| Inflación | Precios al alza y tipos reales negativos | Oro | Deuda de largo plazo |
| Contracción monetaria | Restricción de crédito y tipos altos | Liquidez y deuda a corto | Bolsa y deuda larga |
La idea es que en cualquier momento haya al menos una caja trabajando a favor. No que la cartera suba siempre, que no lo hace, sino que ninguna caída venga de que las cuatro patas fallen a la vez.
Esa cobertura tiene una factura evidente. Tres cuartas partes del capital están fuera del activo que a largo plazo ha impulsado el crecimiento de las carteras, y la liquidez, por definición, no crece por encima de los tipos a corto. Es el precio de no depender de un escenario, y conviene aceptarlo con los ojos abiertos.
Por qué el 60/40 funcionó tanto tiempo y qué lo sostenía
Durante décadas, la combinación de bolsa y bonos se comportó con una regularidad que hizo parecer robusto lo que era, en realidad, una relación condicionada. Cuando la economía se enfriaba, los bancos centrales bajaban tipos, los bonos ya emitidos subían de precio y compensaban parte de la caída de la bolsa.
Esa mecánica exige una condición: que el problema sea de crecimiento y no de precios. Si la caída de la bolsa viene provocada por una subida de tipos destinada a contener la inflación, los bonos no suben, bajan. Y cuanto mayor es su plazo, más bajan, porque el precio de un bono se mueve en sentido contrario a los tipos y con más fuerza cuanto más lejos está el vencimiento.
Hay un segundo factor que se olvida. Durante buena parte de ese periodo, el punto de partida de los tipos era alto y fue bajando, lo que dio a la renta fija un viento de cola sostenido. Ese viento es un hecho del pasado y no dice nada sobre el futuro, en ninguna dirección.
De modo que el 60/40 no está roto ni obsoleto. Simplemente tiene un supuesto explícito, y ese supuesto conviene tenerlo escrito para saber cuándo deja de cumplirse.
El año en que cayeron las dos patas a la vez

El episodio de referencia para entender el punto ciego del reparto clásico es reciente y muchos lectores lo vivieron con la cartera abierta. La bolsa cayó y la renta fija cayó también, en lugar de amortiguar. Las dos patas se movieron en la misma dirección durante meses.
La causa no fue misteriosa. Una subida rápida y generalizada de los tipos de interés castiga por igual a los bonos emitidos antes, que pasan a valer menos, y a las valoraciones de la bolsa, que descuentan flujos futuros a un tipo mayor. El amortiguador y la carga se movieron juntos porque el desencadenante era el mismo para ambos.
Una cartera permanente en ese mismo episodio tuvo dos patas sufriendo, la bolsa y la deuda larga, y dos aguantando mejor: la liquidez, que apenas se mueve, y el oro. No salió indemne, salió menos golpeada. Y con la parte de liquidez en condiciones de comprar barato, que es la mitad del valor de esa caja.
Conviene no sacar de un episodio una regla general. Lo que sí se puede afirmar es lo estructural: un reparto que depende de la relación entre dos activos es vulnerable cuando esa relación cambia de signo, y esa vulnerabilidad no se ve mirando los años en que la relación se cumple.
Cómo se mide una racha mala sin quedarse en el titular
Aquí es donde se caen la mayoría de las comparaciones que circulan. La caída máxima de una cartera no es un dato objetivo: depende de cuatro decisiones que casi nunca se declaran.
- La divisa. Medida en euros o en dólares, la misma cartera arroja caídas distintas, y a veces muy distintas.
- Los índices concretos. Bolsa global, de un solo país o con sesgo sectorial cambian el resultado.
- El tramo de la renta fija. Deuda pública a diez años y deuda pública a treinta no caen igual, ni de lejos.
- La periodicidad. Medida con datos diarios la caída es mayor que con datos mensuales, porque los mínimos intermedios se ven.
A eso se añaden dos correcciones que casi nadie aplica y que cambian el diagnóstico. La primera es descontar comisiones e impuestos, porque una cartera que reajusta con frecuencia tiene una factura que el índice no tiene. La segunda es descontar la inflación: recuperar el nivel nominal anterior no es recuperar la capacidad de compra anterior.
Por eso este artículo no da una cifra cerrada de caída máxima para ninguna de las dos. Darla sin declarar esas cuatro decisiones sería fabricar una precisión que no existe. Lo que sí tiene sentido es medirla con tus propios datos y tu propia divisa, y volver a medirla cada año.
El tiempo de recuperación, que es lo que de verdad se sufre

La caída máxima es un número; el tiempo que se tarda en volver al punto de partida es una experiencia. Y esa segunda variable es la que decide si un plan se abandona o se mantiene.
Una caída profunda que se recupera en meses se olvida. Una caída moderada que tarda años en recuperarse desgasta, porque cada mes que pasa refuerza la sensación de que la estrategia no funciona. Las decisiones que arruinan una cartera se toman casi siempre en el tramo largo y plano, no en el desplome.
Hay un matiz que juega a favor de quien sigue aportando. Durante ese periodo llano, cada aportación compra a precios deprimidos, de modo que la cartera vuelve a su nivel anterior antes de que el índice lo haga. Quien ya no aporta no tiene esa ayuda, y ahí la diferencia entre las dos carteras se nota más. Es una de las razones por las que el reparto que conviene al empezar con poco dinero no tiene por qué ser el mismo veinte años después.
La forma de convertir esto en una decisión previa es escribir dos números antes de invertir: cuánto estás dispuesto a ver caer la cartera y cuántos años estás dispuesto a esperar a que vuelva. Con esos dos límites escritos, la elección de reparto casi se hace sola y deja de improvisarse en mitad del episodio, que es cuando peor se decide.
Las dos carteras, componente a componente
Puestas una al lado de otra, la comparación deja de ser una discusión de escuelas y se convierte en una lista de piezas.
| Componente | Cartera permanente | Reparto 60/40 | Función |
|---|---|---|---|
| Renta variable global | 25 % | 60 % | Motor de crecimiento a largo plazo |
| Deuda pública de largo plazo | 25 % | Parte del 40 % | Amortiguar recesiones con tipos a la baja |
| Deuda a corto y liquidez | 25 % | Residual | Estabilidad y munición para reajustar |
| Oro | 25 % | 0 % | Cobertura frente a inflación y tipos reales negativos |
| Número de piezas | Cuatro | Dos | Complejidad de mantenimiento |
| Regla de reajuste habitual | Bandas amplias | Anual o por bandas | Frecuencia de operaciones |
La fila de las piezas no es un detalle menor. Cuatro componentes significan cuatro productos que contratar, cuatro fichas que revisar y más ocasiones de equivocarse al reajustar. Una cartera que no se mantiene deja de ser la cartera que se diseñó.
El coste de implementar cada una desde España
El reparto clásico se monta con dos fondos indexados, uno de bolsa global y otro de renta fija, ambos accesibles con aportaciones periódicas pequeñas y con comisiones contenidas. Es probablemente la cartera más barata y más fácil de sostener que existe.
La cartera permanente complica dos de sus cuatro patas. La deuda pública de largo plazo exige un fondo específico de duración larga, que no siempre está disponible en las plataformas de bajo coste. Y el oro se instrumenta habitualmente mediante productos cotizados respaldados por metal físico, que no son fondos de inversión aunque se les parezcan.
Existe la alternativa del oro físico, con su propia lista de costes: diferencial entre precio de compra y de venta, custodia segura y seguro. En la Unión Europea, el oro de inversión que cumple los requisitos legales está exento del impuesto sobre el valor añadido, lo que evita un sobrecoste importante, pero el resto de gastos sigue ahí.
Sumando todo, mantener las cuatro patas cuesta más en comisiones, en operaciones y en tiempo. Antes de decidir conviene calcular ese coste total anual y compararlo con el de la alternativa de dos piezas, que es el ejercicio que se hace al comparar dos índices globales antes de contratar nada. La Comisión Nacional del Mercado de Valores mantiene los registros donde comprobar qué está inscrito y con qué documentación.
Fiscalidad: dónde se rompe el traspaso
En España, el traspaso entre fondos de inversión permite cambiar de producto sin tributar por la ganancia acumulada mientras no se reembolse. Esa herramienta es la que hace barato reajustar una cartera de fondos: se mueve dinero de una pata a otra sin factura fiscal intermedia.
El problema es que esa ventaja no alcanza a todos los instrumentos. Los productos cotizados respaldados por metal no tienen la naturaleza jurídica de fondo de inversión, y la venta para reajustar genera un resultado que tributa en la base del ahorro en ese mismo ejercicio.
La consecuencia práctica es concreta: una cartera permanente que se reajusta a bandas puede acabar pagando impuestos varias veces a lo largo de una década por operaciones que en una cartera de fondos habrían sido neutras. Ese coste hay que sumarlo al de las comisiones, y suele ignorarse en las comparaciones.
Hay una forma de mitigarlo que no requiere trucos: reajustar dirigiendo las aportaciones nuevas a la pata que se ha quedado corta, en lugar de vender la que se ha adelantado. Funciona mientras las aportaciones sean grandes respecto al tamaño de la cartera, es decir, sobre todo al principio. Nada de lo escrito aquí es asesoramiento fiscal ni financiero: la referencia es la normativa del ejercicio.
A qué perfil encaja cada reparto
La pregunta correcta no es cuál es mejor, sino cuál vas a ser capaz de mantener sin tocarla en el peor momento. Una cartera abandonada a mitad de camino rinde peor que cualquiera de las dos sostenida hasta el final.
El reparto clásico encaja mejor cuando el horizonte es largo, las aportaciones son periódicas y todavía queda vida laboral por delante. En esa situación, las caídas son oportunidades de compra y el tiempo de recuperación importa menos, porque no hay ninguna fecha obligando a vender.
La cartera permanente encaja mejor cuando el capital ya está formado, las aportaciones han terminado o son pequeñas, y el objetivo pasa de crecer a conservar sin quedarse quieto. También cuando quien decide sabe, por experiencia propia, que no aguanta ver caer la cartera con fuerza sin hacer algo, y ese autoconocimiento vale más que cualquier tabla.
Hay una tercera respuesta legítima: un punto intermedio, con menos bolsa que el reparto clásico y sin la pata de oro, o con ella en un peso menor. Nada obliga a elegir una de las dos versiones de manual, y ordenar antes la relación personal con las caídas ayuda a evitar el desgaste financiero que lleva a decidir en caliente.
Preguntas frecuentes
¿Cuál de las dos cae menos en una crisis?
Depende del tipo de crisis. En una recesión con inflación contenida y tipos a la baja, la renta fija del reparto clásico cumple su función de amortiguador. En un episodio inflacionista con subida rápida de tipos, ese amortiguador falla y la cartera con cuatro patas suele resistir mejor, porque tiene liquidez y oro. No hay una respuesta única y quien la dé está eligiendo el episodio que le conviene.
¿Por qué la cartera permanente lleva un cuarto en liquidez?
Por dos motivos. Uno es amortiguar: la liquidez no cae cuando todo lo demás cae. El otro es funcional, y es el que más se olvida: es el dinero con el que se compran las patas que se han hundido cuando toca reajustar. Sin esa munición, el reajuste obliga a vender algo que también ha bajado.
¿El oro protege siempre de la inflación?
No de forma inmediata ni proporcional. Su comportamiento se relaciona sobre todo con los tipos de interés reales y con la demanda de refugio, y puede pasar periodos largos sin responder a las subidas de precios. Se incluye como cobertura de un escenario concreto, no como garantía. Además, para un inversor en euros, viene con riesgo de tipo de cambio incorporado.
¿Puedo montar una cartera permanente solo con fondos traspasables?
Las tres patas de bolsa, deuda larga y deuda corta sí tienen equivalentes en fondos de inversión traspasables, con disponibilidad desigual según la plataforma. La pata de oro es la difícil, porque los instrumentos habituales no son fondos y su venta tributa. Antes de decidir el reparto conviene comprobar qué productos concretos puedes contratar de verdad.
¿Con qué frecuencia hay que reajustar?
Ambas admiten regla de calendario o regla de bandas. La versión clásica de la cartera de cuatro patas usa bandas amplias, de modo que solo se actúa cuando un componente se aleja bastante del veinticinco por ciento. Lo importante no es cuál elijas, sino escribirla antes y aplicarla sin excepciones, porque la tentación de saltársela aparece justo cuando toca ejecutarla.
Las dos carteras son defendibles y ninguna de las dos es una solución. Lo que decide el resultado no es el reparto elegido, sino haber escrito de antemano cuánta caída aguantas y durante cuántos años, y no tocar nada mientras esos dos límites no se rompan.
